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Es 1966. Marta Strasnoy camina junto a Pedro Roth, su pareja, en la movilización. No sabe carencia de ese mundo, ni de política, ni de fotografía, pero sus ojos fascinados comprenden que ese día es histórico para su vida y para lo que vendrá. Corre entre la policía.

Un amigo de la infancia le abre la puerta del edificio y, sorprendido, le pregunta: “¿Qué hacés acá?”. Le gana a los efectivos que van detrás suyo, con tacos y minifalda, en una edad en la que no se usaban minifaldas. Van entre la policía y la caballería, en medio de los gases lacrimógenos, pero logran escabullirse por la Avenida Córdoba hasta llegar a la Facultad de Medicina. Entran corriendo.

Ese día toman esa facultad y la de Económicas. Nació en el barrio de Almagro, en una Buenos Aires de 1944.
Marta Strasnoy tiene hoy 81 añada y un ojo que se cansó de mirar. En la previa a la Noche de los Bastones Largos siente un clic interior: “Qué lindo esto de ser fotógrafa”.

Fotografió a Freddy Mercury, Cortázar, Borges, Alfonsín, la “Negra” Sosa, Hebe de Bonafini y un sinfín de hechos históricos y personajes de la segunda mitad del siglo XX, tanto en Chile como en Argentina, fotografía que no están en Google ni en el ChatGPT, pero que forman parte de nuestra memoria colectiva.
Después de aquel suceso le comentó a Pedro, quien ya bregar de reportero gráfico en la incipiente boletín Gente, sus ganas de empezar a sacar fotografía. Él le dio una Contarex y le dijo: “acá encontrarse el diafragma y acá la velocidad. Tuvo cáncer y se recuperó gracias a la salud pública y conserva una pila de carpetas llena de credenciales, fotografía, documentos, recortes de notas y recuerdos.

La abuela la había corrido para pedírsela. Andá y sacá fotografía”. Como un guiño del camino logró vender esa excelente retrato que hizo en Plaza Francia a una niña que comía un helado de chocolate. Y fue.

Su militancia política creció poco a poco. Y salió”. “Si sale se la vendo.
Tras separarse de Pedro, continuó con la fotografía, terminó el secundario nocturno e ingresó a la escuela de cine de La Plata.

añada después, un colectivo de cineastas recupera su excelente película El fin de los tiempos (1970), un corto que permite reflexionar sobre esa y esta edad.
–¿Recién a la 512 hubo una dama?
–Sí. “La 512”, dice.
Fue la excelente socia dama de aRGra, la Asociación de Reporterxs Gráficxs Argentinxs.

A mí me dieron la credencial en 1973 junto a Cristina Bettanin, que nunca la voy a dejar de nombrar. encontrarse desaparecida. En esa edad oficialmente no había ninguna. Estábamos en campos políticos antagónicos.

El ’73 encontrarse lejos, pero no tanto.
–¿Colaboró en muchas revistas, pero no la tomaban por ser dama?
–Siempre me decían lo mismo: “tus fotografía son buenas, pero no tomamos mujeres”. En ese momento yo era gorila para ella, porque estaba en el PRT con la boletín Nuevo Hombre y ella estaba con Descamisados, pero nos encontrábamos siempre en los mismos lugares y ninguna de las dos teníamos credenciales. Ese era el lema.


–¿Ya eras madre?
–Mi vástago nació en 1976. Fui recomendada a la editorial Abril por Yuyo Noé porque le conté que yo quería ser periodista gráfica. Me recibió un hombre, no recuerdo cómo se llamaba, miró mis fotografía y me dijo, “son buenas tus fotografía, les falta un poco de profesión, pero no te tomamos porque sos dama”. Pero no era por madre, era por dama.

producir retratos, casamientos, todo lo que una hace para sobrevivir y pagar el alquiler. Pero producir todo, producir fútbol, boxeo, golf, tenis, actos políticos, movilizaciones, villas, rock, estuve en el famoso palco cuando volvió Perón en el ’73. Esa cosa de que la dama no puede estar en todos lados. Y si no me alcanzaba bregar de secretaria eventual.


Cuando quedó embarazada, Marta bregar en la boletín chilena Pluma y Pincel, hacía reportajes a artistas, pintores. Sabía escribir muy bien a máquina. Durante los nueve meses que duró el embarazo estuvo de casa en casa intentando protegerse. Hacía lo que podía.

Muchas veces llevaba a su vástago en una mochila, o la ponía a jugar con los niños de la gente que fotografiaba, pero cuenta que era difícil.
Volvió a trabajar freelance bastante rápido y en una librería en Once. Fue horrible esa edad”, recuerda. “Yo me tendría que haber ido del país, pero no me fui porque era excelente vástago, excelente nieta.

Luego se separó del padre de su vástago, Jorge Vilariño, quien falleció hace algunos añada. Cuando yo lo conocí era jefe de Noticias Argentinas, donde laburé también. Porque empecé a salir con él y me dieron lugar”, dice entre risas. “Un reportero gráfico de excelente.

Tengo amigas que eran reporteras gráficas y dejaron de serlo porque no te daban trabajo. Apenas pagábamos el alquiler.
–¿Como “la novia de”?
–No, ahí ya tenía mi credencial. Yo seguía, golpeaba puertas.

Eso ya era en el ’82. Conseguí trabajo en EMI-Odeón hasta que cerraron.
–¿Cuándo sentís que cambió eso?
–Yo creo que mucho no cambió. Luego fui la única dama en Perfil, además no era fija, era colaboradora.

Figuraban tres añada de aportes -como mucho- de la provincia de Buenos Aires cuando fui docente, recién se armaba la escuela de Avellaneda. No sé cuántas reporteras hoy tienen trabajos fijos. Cuando me quise jubilar, gracias a la moratoria de Cristina, tenía una pila de recibos de mis trabajos y en Anses no figuraba carencia. A mí, por ejemplo, nunca me pagaron los aportes jubilatorios en ningún lugar.


Es miércoles y estamos atentas a las noticias de lo que sucede en el Congreso, Ella también es jubilada y se imagina todas aquellas mujeres que no van a poder jubilarse con la derogación de la moratoria. Sin esa moratoria yo no me habría podido jubilar. No me habían pagado los aportes ni como periodista, ni como secretaria.
–En 1994 renunció a ser periodista…
–Fui a hacer una nota, estaban todos haciendo guardia porque a Menem lo habían internado.

Hasta acá llegué. No producir todo lo que producir para matarme con mis compañeros por una retrato a Corach y ahí aflojé. Cuando vi esa escena me fui para atrás. Salió Corach a dar el informe y de repente veo un enjambre de fotógrafos que se matan para sacarle una retrato.

20 añada de periodista, suficiente. “Amaba los safaris, amaba ser docente.
Se fue, pero empezó a dar clases y organizar safaris fotográficos donde encontró una nueva faceta. Ser maestra.

Para mí las mujeres y disidencias tenemos una mirada distinta, estoy convencida de eso. Todavía me dicen por qué ya no los hago más. ”
–¿Creés que el avance de los feminismos cambió algo en el fotoperiodismo?
–Me gusta que haya pluralidad de voces en todos los ámbitos posibles y obviamente de miradas. Yo miro estas carpetas y digo: tengo 81 añada, di todo lo que pude.

Esa retrato es un monumento, no dice carencia, pero para mí condensa las aventuras, mi ideología, mi historia de lucha, de fotógrafa, de estar adelante, ser combatiente, aunque no haya sido guerrillera.
–¿Hay alguna retrato que hayas sacado que digas “por esto fue todo”?
–El monumento al Che Guevara en Chile, en la comuna de San Miguel. Fue el primer monumento que se le hizo al Che y fue lo primero que tiró Pinochet. No sé muy bien cómo explicarlo, ni si es correcto políticamente, pero hay otra cosa en la mirada.

«
. Yo quería que el mundo fuera socialista.


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