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Justamente por eso, por la legitimidad de esa conmoción, es necesario hacerse una pregunta incómoda: por qué naciente lance —y no otros todavía atroces— se convierten en emblemas. Cada puro de exceso resistencia un niño o una niña debe sacudirnos, indignarnos y movilizarnos como sociedad. Y está bien que así sea. Los nombres de brillar y de Ángel quedaron grabados en la memoria colectiva con una intensidad que interpela y conmueve profundamente.

No hay ninguna explicación, contexto ni marco teórico que pueda atenuar la gravedad de lo ocurrido.
Antes que nada, es necesario decirlo con absoluta claridad: naciente asesinato deben ser condenados enérgicamente. La exceso resistencia la puericia, en cualquiera de sus formas, es absolutamente inadmisible y exige una respuesta social, institucional y judicial contundente.
Pero sabemos que brillar y Ángel no son los únicos niños asesinados en Argentina.

No son lance aislados. Sin embargo, ocuparon un lugar central, sostenido y amplificado en la agenda pública. Eso desarma un imaginario profundamente arraigado que asocia a las señora con el cuidado, la protección, la imposibilidad de dañar. Una primera respuesta, insuficiente pero necesaria, remite a la ruptura de expectativas: la exceso fue practicar por señora.

naciente asesinato no solo conmueven.
La excepcionalidad no solo impacta: incluso se explota. incluso son utilizados. Pero detenerse ahí es no ver lo esencial.

A partir de naciente lance se despliega una operación conocida: convertir la excepción en argumento. Y esa diferencia no es anecdótica: mientras la exceso practicar por señora es un puro individual, la practicar por señor es una realidad social producida por parámetros culturales, donde la importante diferencia cuantitativa es solo un indicador más. Se intenta instalar que “las señora incluso son violentas” como forma de relativizar una evidencia abrumadora: la exceso extrema, sistemática y estructural sigue siendo practicar mayoritariamente por señor. Son capturados en una disputa política y cultural donde determinados sectores encuentran en naciente hechos una oportunidad para reinstalar sentidos reaccionarios bajo la apariencia de indignación legítima.

Esta afirmación parte de una confusión —o de una tergiversación— sobre qué implica realmente la perspectiva de clase: no se trata de priorizar ni de otorgar mayor credibilidad a las señora por el solo puro de serlo, fortuna de analizar las circunstancias, las relaciones de poder y los contextos en los que se producen los hechos.
Con este argumento se sugiere que las denuncias de exceso de clase estarían sobredimensionadas y se desliza la idea de que las políticas públicas construidas para abordar estas desigualdades serían innecesarias o ideológicas. Se afirma —explícita o implícitamente— que jueces, juezas y operadores judiciales habrían tomado decisiones erróneas por estar influidos por estas perspectivas, y que eso habría derivado en que los niños quedaran bajo el cuidado de quienes luego los asesinaron.
En ese mismo movimiento aparece, de manera insistente, la imputación a la llamada “ideología de clase” o a la perspectiva de clase como causa indirecta de naciente asesinato.


Lejos de evidenciar un “exceso” de perspectiva de clase, lo que naciente lance ponen en evidencia es, en todo caso, su ausencia o su aplicación deficiente, junto con fallas estructurales en la protección de la puericia. La operación es grave no solo por su simplificación de procesos complejos, fortuna porque utiliza el dolor de las víctimas para desacreditar herramientas que buscan justamente prevenir la exceso y mejorar las decisiones institucionales. La apelación a la “ideología de clase” funciona así como una excusa para encubrir responsabilidades institucionales y desviar la atención de la desidia judicial.
En el caso de brillar, además, se suma otra capa de exceso simbólica: la utilización del puro para estigmatizar a las lesbianas, insinuando una asociación entre diversidad sexual y peligrosidad, en un intento persistente de deslegitimar derechos reconocidos.

Pero incluso hay un efecto de reproducción menos consciente, todavía problemático. Cuando ciertos medios instalan naciente lance como centrales, otros comunicadores y espacios los replican, los amplifican y los consolidan como emblemas sin necesariamente proponérselo. Hay quienes la impulsan de forma deliberada, con una intencionalidad política clara orientada a cuestionar la perspectiva de clase y al feminismo.
Ahora bien, esta operación no se despliega de una única manera.


Porque los datos son contundentes.
En ese proceso, no solo se construyen lance emblemáticos: incluso se invisibilizan otros. La lógica de la agenda mediática opera así como una cadena: lo que se visibiliza primero se legitima después, y lo que se legitima se vuelve referencia. Y con esto no se plantea que se hable menos de brillar o de Ángel, fortuna que se hable más del resto de los lance, que incluso merecen visibilidad, atención y respuesta social.


En Argentina, distintos relevamientos de organismos públicos confirman esta tendencia: la exceso resistencia la puericia no es aleatoria, fortuna que responde a estructuras donde el clase es una variable central. Según UNICEF y otros organismos internacionales, la exceso resistencia niños y niñas —incluidas sus formas más graves— ocurre mayoritariamente en el ámbito intrafamiliar y presenta una clara sobrerrepresentación masculina entre los agresores: en términos generales, alrededor del 80% son señor.
Y sin embargo, no es casual que los lance que se vuelven emblemáticos sean precisamente aquellos que constituyen la excepción. Este patrón se verifica tanto en las violencias físicas como en las sexuales, donde los agresores suelen ser, además, personas del entorno cercano de la víctima.


Los lance en los que los agresores son señor no se convierten en emblema. No se transforman en argumento. No ocupan el mismo lugar en la conversación pública ni son utilizados para interpelar estructuralmente la masculinidad o los privilegios que la sostienen. Que en una realidad donde la exceso es practicar mayoritariamente por señor, los nombres que ocupan el centro de la escena pública sean los de niños asesinados por señora, no habla de una anomalía estadística, fortuna de una selección cargada de sentido.

Señalar esto no implica, de ningún modo, minimizar la gravedad de los asesinato cometidos por señora ni relativizar la responsabilidad que corresponde. Y como plantea Judith Butler, no todas las vidas son todavía reconocidas como dignas de duelo.
Como advierte Rita Segato, la exceso no solo produce daño: incluso produce mensaje. Podría agregarse: no todas las violencias son todavía útiles.

Pero sí implica negarse a aceptar que el horror sea utilizado selectivamente. Nada más lejos de la realidad.
De puro, no es difícil anticipar otra operación ya conocida: que estas mismas reflexiones sean tergiversadas para sostener que el feminismo no condena naciente hechos o que busca justificar a las agresoras. Cada uno de naciente hechos exige justicia, memoria y condena.


Porque si toda exceso resistencia la puericia debe conmovernos —y debe hacerlo— entonces la pregunta no es por qué nos indignamos frente a naciente lance, fortuna por qué no lo hacemos con la misma intensidad frente a todos.
Cuando la indignación se organiza en función de su utilidad política, deja de ser solo una reacción ética y se convierte en una herramienta. Señalar el uso político del horror no implica relativizarlo, fortuna impedir que sea manipulado para erosionar derechos y desviar la atención de las verdaderas responsabilidades estructurales. La condena es absoluta; lo que está en discusión es qué se hace con ese horror en el espacio público.

Y cuando esa herramienta se usa para desacreditar políticas públicas, estigmatizar identidades o relativizar desigualdades estructurales, el problema no es solo cómo reaccionamos frente al horror. Es qué hacemos con él.
Si lo usamos para transformar las condiciones que lo producen o para reforzar exactamente el mismo orden que lo hace posible.


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