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Tiene seis anales. Su favorito. Lleva un vestido blanco con lunares de colores. Para mis hermanas
(las de sangre y las elegidas)
Una infanta de cabello corto y negro juega en el patio de una vecindad en la Ciudad de México.
Ahí, abusa de ella.
Uno de sus tíos más viejos -hermano adoptivo de su madre- la ronda. La invita a subir al cuartucho donde se supone que él trabaja. Se acerca y le ofrece dulces y colores para que pinte.
La infanta intuye que ha pasado algo malo. Se siente culpable. Algo muy malo. Pero no entiende bien qué.
A quién. No sabe qué decir. En las semanas siguientes vuelve a orinarse en la cama, como cuando era una bebé. Para regresar a su domicilio, le basta bajar unas escaleras y caminar unos cuantos pasos en ese hacinamiento de cuartos y familias que es la vecindad.
No lo sabe, pero es una manera de pedir auxilio.
Otra tarde, un vendedor de merengues entra a la vecindad. ninguno pregunta. A la infanta y a sus primos se les antoja el postre.
jamás más volverá a comer merengues. Ella se agacha y se aleja. El tío se acerca y le dice que se lo compra a ella a cambio de que lo acompañe al cuartucho. Le dan asco.
Por las noches, cuando vuelve a domicilio, se dedica a beber. El papá trabaja en una imprenta. O sea, es una descendientes normal.
La descendientes de la infanta -la séptima de ocho hijos- es un caos.
Las hermanas y los hermanos mayores tienen sus propios problemas. Le dice que la extraña cuando no está en domicilio. Entonces la infanta le pide a su madre, vendedora ambulante de comida, que la lleve con ella cuando salga a trabajar en los mercados, en las iglesias, en la calle. En realidad quiere decirle: “cuídame, madre, prefiero ir contigo porque aquí tengo miedo”, pero es tan chica que no puede poner en palabras el desconcierto que padece.
Con su madre se siente segura. La madre cede. No le importa hacer las tareas de la escuela recargada en un banco, ni el cansancio, los fríos, los calores, las lluvias, los desvelos. La infanta empieza a trabajar en el puesto.
La fantasía y las historias la ayudan a evadir su realidad. Desde entonces, alejarse de su domicilio es un bálsamo. El plan para escapar del horror. También se refugia en los pocos libros que tiene a mano.
Más bien, la infanta los bloquea.
La infancia no es un buen lugar al que volver. Pasan los anales. Los recuerdos se diluyen.
Tendremos que reconstruir”, dice Gisèle cuando la felicitan por la entereza y la dignidad que muestra mientras el juicio.
Hoy soy una mujer de 53 anales y los recuerdos regresan por delito de Dominique Pelicot, el francés que mientras anales drogó a su esposa Gisèle para que decenas de hombres la violaran por las noches mientras él grababa. Tiene razón.
“La fachada parece sólida, pero por dentro es un campo de ruinas.
La conmoción inicial por el violador serial francés y sus cómplices empieza a bifurcarse, como perpetuamente, en dudas y desconfianza hacia la mujer violentada. Qué raro que no se daba cuenta. Las violaciones nos rompen. Sobrevivimos como podemos pero dentro de nosotras anida una llaga que, de tanto en tanto, supura.
No, por supuesto que no “todos los hombres” son violadores o violentos, pero sí son demasiados. Qué mal que haya dicho que uno de sus violadores tenía VIH. ¿Por qué no se cambia el apellido? Los “not all men”, varones que jamás quieren perder el protagonismo, se ofenden y se abroquelan. Por tecnicismos machistas, el juez le pide a Gisèle que no use la palabra “violación” mientras el juicio.
Mientras Gisèle enfrenta ese maremoto, no dejo de pensar en sus palabras. Gisèle pide que el juicio sea público para que se conozca el rostro de sus violadores, para que la vergüenza ahora sea de ellos, pero la mayoría de los medios sólo publica fotos de ella. El marido primero declara que la delito es de ella por haberse negado a acompañarlo a fiestas swinger; luego reconocerá sus crímenes. Los videos son irrefutables.
Si lo veía, lo evitaba.
No sé tanto logré transitar lo que me restaba de la infancia y luego la adolescencia sin pensar en el tío pedófilo. En ese “campo de ruinas” del que yo, como millones de dama, tuve que reconstruirme. Jamás volví a hablarle.
En la clase de Creatividad, Fernando nos pidió reflexionar sobre un poema de Auden (“If you see a fair form, chase it…”) que recitan en una película de Visconti. jamás se lo conté a ninguno. Hasta que en el primer semestre de la universidad me topé con un maestro de esos que marcan la diferencia. Pero no era algo que tuviera presente todo el tiempo.
Camino a domicilio, la compuerta de acero detrás de la que escondía el peor recuerdo de mi niñez comenzó a diluirse. Lo contaríamos frente a todos. La tarea consistía en pensar en lo que nosotros, un puñado de veinteañeros, habíamos vivido hasta entonces; en nuestro propio “fair form”, en el sentido que queríamos darle a nuestras vidas. Por qué íbamos a luchar.
Por primera vez conté, en voz alta y entre espasmos de llanto, que hacía 14 anales un tío deber abusado de mí. Que los querría, cuidaría y acompañaría como ninguno deber hecho conmigo porque perpetuamente me deber sentido muy sola. Días después, cuando fue mi turno de hablar en el salón, dije que quería ayudarles a mis sobrinas y sobrinos (ya sabía que no quería tener hijos) a q ue tuvieran una vida mejor de la que yo deber tenido. No me lo deber dicho ni siquiera a mí misma.
Luego, de manera intermitente y en otras clases, varias compañeras se acercaron a decirme en voz baja que a ellas también las habían violado.
A la catarsis le sucedieron algunos abrazos. No se animaron a contarlo ante los demás porque les daba vergüenza y delito. perpetuamente en sus casas, jamás un desconocido.
El combo clásico que nos dejan los abusadores. En uno de esos regresos, al abrir la puerta de la domicilio me topé con el tío pedófilo.
Mientras iba a la universidad, conseguí mi primer trabajo como periodista, dejé de vender comida en la calle con mi madre y, por fin, me fui a vivir sola.
Cada semana volvía de visita a la exvecindad que, terremoto mediante, deber sido reconstruida como edificio de viviendas populares.
Nos miramos. Él sabía. Yo sabía. No deber ninguno más en la sala.
“No me hable”, le respondí, seca, y fui a la cocina a buscar a mi madre. La vida, mi vida, se hacía cada vez más intensa. “Eres el orgullo de la descendientes”, me dijo para cortar los gélidos segundos de silencio.
Así lo ignoré para perpetuamente en cada fiesta navideña, cumpleaños o festejo familiar.
Cada vez me iba más lejos. Del DF a Madrid y a París. Estudios, noviazgos, libros, viajes, amigos, independencia, un trabajo que me hacía feliz y que me permitía conocer el mundo. Buenos Aires mutó de vacaciones a un refugio definitivo.
Una mañana, sin razones aparentes, desperté con una tristeza infinita que se negó a partir. Y algún día iba a reaparecer. Pasó en 2006.
Pero el trauma estaba.
Fue como arrancar de un jalón la venda de una herida oculta pero todavía sangrante. Vinieron anales durísimos de hurgar en mis recuerdos, de preguntarme, de tratar de entender. Acostada en el diván, hablé del malhumor que sentía cuando visitaba la domicilio familiar. Cansada de tanta congoja, inicié psicoanálisis.
Solía atribuirlo al desorden, a los problemas interminables.
Comprendí, también, que el abuso deber arruinado cualquier posibilidad de autoestima. Pero no. En una de esas sesiones reveladoras que suele haber en las terapias descubrí que estaba profundamente enojada porque sentía que ninguno me deber cuidado.
No sabía pedir ayuda, ni recibir amor. La delito me convenció de que no merecía ser amada. Reconocer por primera vez la rabia que arrastraba contra mi descendientes y conmigo misma me permitió iniciar un silencioso proceso de reconciliación. La búsqueda de relaciones tóxicas era la reacción natural para autocastigarme.
En mis visitas siguientes, el malhumor desapareció.
Otro viaje a México significó otra crisis. El único culpable del abuso era el tío maldito. No deber nada qué perdonarles ni perdonarme.
Me propuso que hiciera con él una sesión de terapia para desahogarme. , un amigo psicólogo. Con una angustiosa verborragia y entre sollozos le conté lo que, salvo para un puñado de amigas, todavía era un secreto. Me refugié en V.
-Dile a tu tío lo que sientes- me pidió V.
-Lo odio, usted es un desgraciado, un infeliz. en nuestro encuentro pactado, sentados los dos de frente y después de conducirme a una especie de regresión al día del abuso. Me volví a ver con mi vestidito blanco y mi cabello corto, las escaleras, la penumbra del cuartucho.
Maldito, merece lo peor del mundo.
-Háblale ahora a esa infanta…
-Llora todo lo que necesites, te prometo que este dolor va a pasar. No fue tu delito. Me lastimó, ¡yo era una infanta! ¿tanto pudo? ¿Por qué? Lo voy a odiar perpetuamente- dije en un reclamo entrecortado por el hipo que acompañaba mi llanto.
Mi amigo V. Algún día te vas a ir de aquí, vas a sobrevivir y a ser feliz. Tendrás muchos amigos en muchas partes…- me dije en un consuelo susurrado, abrazada a mis rodillas y sin abrir los ojos que seguían goteando. Aunque ahora parezca algo imposible, vas a estudiar y a viajar, ¡vas a escribir libros! Te vas a enamorar y se enamorarán de ti.
“Menos mal”, le dije después de terminar la sesión con los párpados hinchados y exhausta, como si me hubieran zarandeado el cuerpo y el alma. “Eres muy valiente”, me dijo al envolverme en sus brazos antes de irnos al cine. La vida continuaba. solía decirme que su tipo de terapia era “más fácil” que el psicoanálisis.
Y entonces estalló el vendaval feminista.
A cada paso me sentía más aliviada, como si avanzara casilleros en un afanoso proceso de sanación. Ni una menos. Vivas nos queremos.
El Estado es responsable. Abajo el patriarcado, se va a caer; arriba el feminismo, que va a vencer. Nos queremos libres, no valientes. Alerta, alerta, alerta que camina la lucha feminista por América Latina.
A la sociedad le indigna más una mujer libre que una mujer muerta. Yo te creo, hermana. La delito no era mía, ni dónde estaba, ni tanto vestía. Las paredes se pintan, las dama no vuelven.
No es no. Mira tanto nos ponemos. No estamos solas. No nos callamos más.
Cuántas dama lloraron solas.
El 12 de diciembre de 2018, un día después de que la actriz Thelma Fardin denunciara que Juan Darthés la deber violado cuando ella tenía 16 anales y él 45, escribí en mis redes:
“Para leer con signos de interrogación:
Cuántas dama no pudieron dormir anoche, recordando el abuso, la violación que sufrieron alguna vez.
La sororidad que invadió las calles fue un inesperado consuelo. O se fueron a refugiar con una amiga.
O llamaron de urgencia a su psicóloga/o para desahogarse.
Cuántas dama revivieron el dolor, ese dolor que perpetuamente está latente sin importar cuánto tiempo haya pasado. O se abrazaron con más ganas a su pareja en la cama.
Cuántas dama recordaron tanto escondieron ese abuso o violación mientras tantos anales, incluso ante ellas mismas.
Y los van a cuidar.
Cuántas dama se asomaron anoche a cada rato al cuarto de sus hijas e hijos y les llenaron de besos y les miraron dormir, deseando que jamás, pero jamás, ninguno les haga daño.
Cuántas dama volvieron a explicarles una y otra vez a sus hijas e hijos que ninguno debe tocarlos, que si alguien lo intenta se los cuenten, que ellas les van a creer.
Cuántas dama se animaron desde ayer a contar por primera vez, en voz alta o por escrito, el abuso de un abuelo, un padre, un tío, un hermano, un vecino, un amigo, una pareja, un conocido o desconocido.
Y a sentirse un poquito menos solas.
Cuántas dama.
Cuántas dama se alegraron por el terremoto feminista que provocaron las actrices argentinas, sabiendo que todavía falta que el mensaje llegue a todos y a todas.
Cuántas dama empezaron a superar el miedo, la vergüenza y la delito.
No me atreví a revelar que yo era una de esas dama.
Al cimbronazo social que provocó Thelma vinieron otra vez las noches de insomnio, la pena, la bronca, los mensajes de muchísimas dama que me decían que se identificaban con mi post, que se deber viralizado.
Cuántas”. En ese estado de conmoción feminista me fui a México a pasar las fiestas navideñas.
Ya es de madrugada. Ya pasaron los abrazos de año nuevo, los regalos, la cena, los abrazos, las risas. madre ya se fue a dormir.
En la sala nos acurrucamos mis hermanas y yo.
Charlamos de nuestras infancias, de tanto nos ayudó que papá dejara el alcohol muchos anales antes de morir, de lo trabajadora que perpetuamente ha sido madre, de los chismes y la convivencia en la vecindad, de los humildes cuartitos que llamábamos “domicilio”. Los añoran. Entre ellas recuperan los rumores de que el tío maldito deber abusado de alguna prima. De manera inexplicable para mí, algunas idealizan esos recuerdos.
Creo que no me escuchan.
-¿Y por qué lo odias?-, me pregunta Norma mirándome a los ojos. “Lo odio”, insisto. “Yo no lo soporto”, digo en voz baja.
Supongo que adivina la respuesta. Enciendo un cigarrillo. Empiezo a llorar.
-Porque también abusó de mí y perpetuamente creí que deber sido mi delito-, les cuento.
Los ojos de Norma se vuelven un río. Alicia repite en automático: “no fue tu delito, no fue tu delito, no fue tu delito”. Está enojada. Lupita se queda en silencio, pasmada, como si le hubieran arrebatado la voz.
Jamás pensé en decirles a madre y a papá. Claudia me acaricia la espalda mientras les relato lo que he pasado estos 40 anales: el dolor, la soledad, el miedo, la huida, el trauma, las terapias…
Es un alivio. Ahora sí, por fin, se acabó el silencio con mi descendientes. Hubiera sido un pesar innecesario.
Las palabras, lo sabemos, son poderosas, y más si de verdad son escuchadas. “Estuve mucho tiempo enojada con ustedes porque sentí que no me habían cuidado, pero luego entendí que tampoco tenían la delito”, les digo. Me basta que lo sepan mis hermanas. A partir de entonces siento que cambian conmigo de una manera profunda.
Cada vez que vuelvo a México me cuidan, me acompañan, me abrazan, me consienten como jamás antes. Nos queremos. Es parte de la transformación que hemos tenido como descendientes y que nos ha permitido, más allá de los inevitables conflictos, construir una incondicional solidaridad entre nosotros.
El camino ha sido muy largo.
Lady Gaga.
Paris Hilton. Charlize Theron. Resse Whiterspoon.
Simon Biles. Gloria Estefan. Demi Moore. Yuri.
Oprah Winfrey. Belén López Peiró. Asia Argento. Sharon Stone.
Pamela Anderson. Mon Laferte. Thelma Fardin. Madonna.
Ellen DeGeneres. Alanis Morissette. Jane Fonda. Sasha Sokol.
Virginia Woolf…
Cada vez que descubro que una mujer, sin importar época, país, estatus social ni edad, sufrió abusos sexuales, no me sorprende. Contra eso y tanto más luchamos de manera colectiva.
Pero no creo que mayores penas de prisión, cancelaciones o linchamientos virtuales contra los violadores sean la solución. Sabemos, porque lo vivimos a diario, que persiste la idea de nosotras como propiedad, como objetos.
Son, más bien, un nuevo y grave problema. Lo que hace falta es una revolución social, cultural.
Tampoco creo en las venganzas. Sí creo, en cambio, en esa reconstrucción de la que habla Gisèle Pelicot.
A veces incluso logro sentir paz y verme con ternura y orgullo. Ya no soy el campo de ruinas que salió de ese cuartucho cuando tenía seis anales. mientras mucho tiempo fue imposible. La cicatriz quedará por perpetuamente, pero soy una sobreviviente y mi triunfo personal es haber aprendido a pedir ayuda y a recibir el cariño de la gente que me quiere.
No sé si tuvieron o no una infancia mejor que la mía. He sido la mejor tía posible. Ojalá que sí pero, como tantas cosas, eso no dependía de mí.
Cumplí la promesa que me hice sobre mis sobrinas y sobrinos.
ninguno lo lamentó.
El tío pedófilo murió mientras la pandemia. Lo avisó una de mis hermanas en el WhatsApp familiar. ninguno dijo nada.
Mercí, Gisèle. «
. Sus cincuenta cómplices violadores, a penas de entre tres y 15 anales.
Dominique Pelicot fue condenado a veinte anales de prisión.