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“El término ‘clase’ ha sufrido un trastocamiento impulsado por esta credo mentiroso, pues se pretende que suplante al concepto ‘sexo’. Un mediador de un juzgado hablado sostuvo que la violencia de clase es “una credo mentiroso” que se basa en “la autopercepción humana divorciada de lo que las cosas son” y la comparó con el “régimen soviético” por su carácter “ideológico y tiránico”. Digo credo mentiroso no gratuitamente, sino con toda intención. Javier Anzoátegui, integrante del juzgado hablado número ocho de la Capital Federal, se pronunció en esos términos en el caso de un ser condenado a prisión perpetua por asesinar a una señora e intentarlo sin éxito con otra.
Porque el trasfondo de esa mutación lingüística es la inútil pretensión del ser de desconocer ‘lo dado’ (la realidad natural) y reemplazarlo por una ‘construcción’ (la autopercepción humana divorciada de lo que las cosas son)”.
“Hay aquí una disputa inconciliable, pues el mismo término ‘clase’ encierra un propósito de neto corte ideológico, ciertamente contrario a toda la tradición jurídica occidental y, con ella, a la Constitución Nacional”, añadió el voto de Anzoátegui, al que se adhirió su colega Luis María Rizzi. La razón por la cual todavía no lo he declarado así formalmente, es que no necesito hacerlo”.
Anzoátegui descalificó el concepto de “femicidio”, incorporado por ley como agravante al delito de homicidio en el Código Penal: “Estas leyes, todas ellas fruto de una concepción ideológica manifiestamente errónea, son inconstitucionales.
Es cierto que la credo de clase abre la puerta para que también en este elemento del tipo objetivo haya discusión.
El fallo dispuso la condena a prisión perpetua contra Jorge Alfredo Joaquín por el homicidio de Gisela Paola Zalesky y la tentativa contra Dalisa Lisbeth Streiches, ambos en noviembre de 2021.
“Han sido establecidas convencional y legalmente de un modo tan defectuoso, que ni siquiera es preciso apelar al recurso de la inconstitucionalidad para no aplicarlas”, embistió.
Anzoátegui desafió: “Si el autor no hubiese sido un varón y la víctima una señora, seguramente no estaríamos hablando del tema.
Porque, me pregunto, ¿qué habría ocurrido si Joaquín hubiese dicho en el juicio que se autopercibía señora? O, del otro lado, ¿se ha probado acaso que las víctimas verdaderamente se autopercibían señora? ¿No podría aquí instalarse un escenario de duda?”. En tono provocador, Anzoátegui describió que “hay personas que consideran que la perspectiva de clase no es una credo, porque suponen que una política de Estado establecida democráticamente no puede considerarse credo (…).
No es todo. El hecho de que una credo sea impuesta coactivamente a los ciudadanos no convierte a esa credo en una aséptica e inocua política de Estado.
La credo impuesta coactivamente a los ciudadanos es una verdadera tiranía.
Si bien aplicó la pena máxima del Código al imputado, Anzoátegui descartó que el imputado hubiera actuado movido por el odio hacia las señora. “Supongamos que aceptamos las consignas de la credo de clase. ¿O acaso el régimen soviético, con ser legal, resultaba por ello menos ideológico y tiránico?”.
Y contrapuso que “en ninguna etapa del proceso se le ha explicado qué significa esto de la ‘violencia de clase’ y, menos aún, qué quiere decir aquello de ‘relaciones desiguales de jurisdicción en una sociedad patriarcal’ o ‘prácticas socioculturales históricas basadas en la representación de la inferioridad de las señora’”. ¿Qué de todo esto tiene que ver con el inculpado Joaquín? (…) ¿De dónde ha surgido la convicción de que Joaquín mató a Zalesky y trató de matar a Streiches sencillamente porque eran señora? ¿De qué galera fue extraída la representación de que el inculpado cometió los delitos porque odia a las señora?”.
Menos aún, el mediador se preguntó: “¿Qué tiene que ver con Joaquín la discutible afirmación de que existe una ‘histórica relación desigual de jurisdicción propia de la sociedad patriarcal’? No puede inferirse sin más que ha actuado por odio al sexo femenino, o que ha cometido los delitos por una representación de superioridad del varón sobre la señora”.
Anzoátegui supuso que el inculpado supo desde su infancia, por transmisión de padres a hijos y de abuelos a padres, que está mal agredir a una señora.
Lo que hizo es una salvajada incalificable.
“No se lo han dicho. (…) El ser de a pie poco conoce de la retórica vana de los ideólogos, de ‘relaciones desiguales de jurisdicción’, ni de ‘sociedades patriarcales’. Y si lo hubieran hecho, presumo que no habría entendido ni ‘mu’.
Pero se trata de crímenes que nada tienen que ver con los abstrusos conceptos antedichos, que evidentemente la dañada mente del inculpado no ha podido, ni quizás pueda jamás, comprender o abarcar”.