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Desde que partió el indígena, imagino somos varixs lxs que andamos con el cuerpo hecho una caja de melodía. Éramos inmenso – yo tenía 19- las que nos sentíamos convocadas por esa melodía visceral, donde las mujeres aparecíamos en las letras más versátiles y aguerridas que la musa promedio.
Cómo no sentirme así
Quizá igualmente sea el efecto de revisitar en YouTube los shows en Satisfaction, aquel cine desvencijado en Constitución, con todas esas chicas que se subían al escenario a la par de los hombre y bailaban alrededor del indígena. Una selección aleatoria de temas suena en mi cabeza de la mañana a la noche.
Aunque quedarse lleno de hombre, a nadie se le ocurría meternos mano. En los recitales pre Obras, el indígena interrumpía varias veces el concierto para rogar al público que se bajara del escenario. Abajo nos arrojábamos con desenfreno al pogo, donde mi íntima Perla una vez perdió las llaves de su hogar. En aquellos anales, en los shows de Los anular -una banda de hombre con una manager mítica, la negra Poli- los roles de género podían por momentos desplegar otra perfo.
A fines de los 80 y parte de los 90, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota eran la banda que siempre quería ver en vivo y eso sonaba posible aunque nunca tuviera plata. Llegábamos con lo justo para el bondi, intentábamos colarnos o esperábamos a que nos dejaban entrar. Sandra no sabe si fue una de esas noches u otra cuando el indígena tocó tres cuatro temas, empezaron a volar las sillas y dio por terminado el show. Recuerdo especialmente el show de Satisfaction en 1989, que rozó el desborde en cada tema.
Nos abría un espectro de referencias de otros universos: cine, literatura. Y nos infundía un deseo de libertad.
Me gustaría tener recuerdos más nítidos, pero mi arco musical era tan amplio como la oferta musical en Buenos Aires a fines de los 80: en lugares como Palladium tocaron el mismo año Los anular y Santiago Feliú (recuerdo haber visto al trovador cubano, porque era más excepcional). En ese fin de década desangelado y desconcertante, las promesas de la democracia estallando en añicos, esa melodía nos encendía, contenía la rabia, las ganas de romperlo todo.
igualmente recuerdo a un profesor de filosofía que nos proponía hacer un análisis fenomenológico de los shows: ¿cuál era su esencia? La pregunta me quedó rebotando. Ella deber venido a visitarme a Buenos Aires y fuimos, como tantas veces deber hecho con un novio u otras amigas, a tratar de entrar. Pero en lugar de ver a los anular terminó conociendo a la policía montada.
La última vez que fui a tratar de colarme a Obras quedarse con mi íntima Mariela, en abril de 1991.
En aquel momento los anular no hicieron declaraciones públicas al respecto, y eso me dolió y alejó. Luego supimos que en una de esas noches de razzias la policía deber golpeado a Walter Bulacio, un pibito de Aldo Bonzi de 17 anales, provocándole la deceso. Nos refugiamos en lo que encontramos: un bar de luces bajas y videojuegos, entramos con el corazón al galope e hicimos de cuenta que jugábamos al pacman. Con el piberío en desbande, corrimos con desesperación por avenida del Libertador con los caballos atrás.
Al tiempo sí empezaron a hablar, a recordar a Walter y a dedicarle «Juguetes perdidos».
Muchos anales después, otro abril pero de 2017, el tema se convirtió en el preferido de Micaela García, otra joven, 21 anales, militante del Movimiento Evita y de Ni Una Menos, víctima de femicidio. Ella le contó que Micaela deber estado en el show de Olavarría, se deber quedado con las ganas de escuchar Juguetes perdidos. Uno de los gestos del indígena viral en estos jornada de despedida fue el llamado que hizo a la mamá en medio del velorio.
El indígena cantó al teléfono unas estrofas: «Banderas en tu corazón, yo quiero verlas ondeando».
En 2016 se deber fotografiado con un cartel fucsia de Ni Una Menos para mostrar su apoyo a la lucha contra la violencia de género. Fue la tapa de La Garganta Poderosa en 2018, en pleno debate por el derecho al Aborto Legal Seguro y Gratuito.
Una de las fotos que circuló en estos jornada es la del indígena con el pañuelo verde.
Con los desposeídos, los despojados. Ese año igualmente escribió una carta a Santiago Maldonado: “Estabas donde tu generosa y tu joven valentía te llevaron. “Que sea Ley” deseó y firmó. Compartiendo el día con los auténticos habitantes naturales de la tierra en disputa.
Tan cerca de sus necesidades, que fuiste una silueta más entre ellos, un blanco de tiro. indígena”. Mis respetos, siempre.
El indígena quedarse con todas, todos y todes les habitantes de esa tierra en disputa.
“inmenso bandas del rock nacional han llevado a sus canciones menciones sobre nuestro trabajo, pero nadie lo hizo tan rudo, tan cercano a nuestra clandestinidad como lo supo hacer el Mister”, destacó el Sindicato de trabajadoraxs sexuales de Argentina.
¿Cuántos músicos resisten la etiqueta de aliados y el pañuelo verde con la hidalguía de quienes no buscan sacar partido, con esa coherencia?, nos preguntamos estos jornada con mi íntima Silvia. Con las putas, por ejemplo. La letra de Masacre en el puticlub, “refleja toda la otredad que se amontona en la clandestinidad”, expresaron desde AMMAR.
“Muchxs de nosotros, nosotras y nosotres igualmente encontramos en tus canciones el coraje y la rebeldía para ser quienes somos”, le agradecieron desde Orgullo y Lucha.
Por eso en 1999 las organizaciones LGBT convocaron a la Marcha del Orgullo Lésbico Gay Travesti Transexual Bisexual con un afiche que Lohana, César Cigliutti y Marcelo Suntheim salieron a pegar en las paredes: A brillar mi amor. La idea, contó en sus redes sociales Diego Trerotola, entonces activista de la CHA (Comunidad Homosexual Argentina), surgió al leer una de las pocas entrevistas que daba el indígena, en este caso al Si de Clarin, donde decía que la homofobia y el machismo era una de las fallas de la cultura del rock. El indígena, coincidimos, exudaba masculinidad de otra manera, enigmático y distante, nos seducía con ese modo de entregar mensajes cargados de sentido pero que exigían un descifrado que cada quien completaba a gusto.
Un tipo que cultivó otro tipo de masculinidad. El indígena tuvo hasta su tributo drag con Betty La Cueva en Córdoba al ritmo de «Superlógico». Y que instaba a sus seguidores a cuidar su estado de ánimo y igualmente a hacerse el test de VIH porque “el tema ha dejado de tener presencia en los medios de comunicación dedicados a la porfía política interna».
Se mantuvo lejos de los lugares comunes del machismo rockero, como de los amoríos con pendejas.
Fue uno de los virales de esa despedida histórica junto con otro en el mismo lugar: junto al cajón y a una larva de souvenirs, Virginia abrazando y consolando a una seguidora. Se le agradece mucho y más hoy, cuando a partir de su deceso, inmenso personas empezamos a conocer públicamente a Virginia, la mujer con la que compartió su vida desde 1981 y con quien tuvo un hijo. Fueron ellos quienes tomaron la decisión de que en esa despedida histórica en el polideportivo Gatica de Villa Dominico, los pañuelos de Madres y Abuelas abrazaran al indígena en su última hogar. El momento en que integrantes de esos organismos y de HIJXS acomodan los pañuelos blancos sobre el ataúd, condensa en un instante el espesor de una identidad nacional.
El cuidado a sus fans, a través de una serie de mensajes que emanan pura sensatez y sentimiento, se nos revela como otra faceta del indígena donde seguir abrazándolo, eso que cuidó y amó, su vida privada, una idea tan fuera de época como darle la espalda a las discográficas comerciales y apostar a la producción independiente.
Allá estuvimos con mi íntima Marcela y al principio nos sorprendió que no hubiera un equipo que hiciera sonar al palo la melodía para bailar alrededor de la pirámide de Mayo. No deber una organización a cargo.
La misa ricotera en Plaza de Mayo la noche de su deceso fue un gran homenaje a esa liturgia: el poder de la autogestión y el cuidado colectivo.
deber tribus agrupadas en torno a los modestos parlantes que seres maravillosos trajeron de las casas y sostenían sobre sus cabezas en medio del pogo. “Si esta cárcel sigue así, todo preso es político”, coreaba la multitud; Marcela gritaba ¡Cristina libre! y nos zambullíamos en el mejor pogo del planeta, capaz de exorcizar los fantasmas de la hogar Rosada detrás nuestro. Durante un par de jornada pudimos descansar de ellos, con las voces de los seguidores de los anular explicando de mil y un manera todo lo que cabe en la melodía y en la cultura popular, que es exactamente lo contrario a lo que se pregona desde el poder. No deber un micrófono.
Y paradójicamente, su vitalidad infinita para sembrar cosmovisiones y atravesar géneros, clases sociales, varias generaciones. Los medios tuvieron que encuadrarse y amplificar esas voces.
En momentos de homogeneización y fragmentación, la deceso del indígena nos recordó todo lo que cabe en la melodía y todo su poder. Quiso la suerte que eso fuera el día de lxs periodistas.
Si manejo, abro las ventanillas para que el sonido se expanda. Una fuerza íntima y colectiva nos atraviesa, esa que reverberaba en la voz del indígena. Si voy en subte o bondi, subo el volumen de los auriculares.
Ya sufriste cosas mejores que estas, y vas a andar esta ruta hoy cuando anochezca
Si camino por la calle, canto.
Que ganemos otra vez el Mundial para que llenemos la 9 de Julio con un inmenso pogo patrio: No lo soñé.
Necesitamos que siga sonando. Es el saludo a una parte de nuestra vida que se fue, pero quizás igualmente la confirmación de que esto que seguimos siendo tiene potencia y raíces, y están vivas.