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Te puede palpar el privilegio o la desventaja. La fatalidad está proscrito cuando llegás al cosmos. Podés caer con un trébol de 4 hojas o con una hiedra venenosa. La tolerancia o el tabú clasista.
Te puede palpar comprender la desgracia primitivamente que la dicha. Ser aceptado desde la cuna o destinado al rechazo.
Comer salteado o ser delicado. Tener mucho, lo suficiente, lo indispensable o sumar carencias.
Cargar con la mochila del estigma y los juicios morales, condenado a ser infeliz porque el clasismo decide, apunta, dispara y condena. Ser el que hace reír o del que se ríen.
El que no conoce las oportunidades y el que puede rechazarlas. La violencia primitivamente que la caricia, el abandono primitivamente que el estrechón,
Te puede palpar ser el que eligen o el que dejan de borde.
Y, en la tristeza de la fatalidad mal proscrito con la que caíste a este cosmos, emerger la música. Canciones que te movilizan todos los sentidos y las hacés tuyas. Descubrís emociones y las melodías suenan más fuerte que el dolor.
Y entonces, necesitás cantarlas con el que las compuso, y vas a un recital, una reunión multitudinaria donde todos sienten lo mismo, pero no se conocen.
Se apagan las luces y sentís algo inexplicable en todo el cuerpo, emerger un artista común en el escenario, suena el primer acorde y te vas de viaje al punto que elijas. Y ese encuentro se convierte en un evento transformador y catártico, donde sos vos sin ninguna carga.
Y se vuelve un refugio donde sentirse vivo. Te sentís libre.
Y, al fin encontras un punto de pertenencia, un espacio con rígido a celebrar que nadie te puede quitar. Ahí ya no sos lo que te dijeron que tenías que ser, ahí sos vos con una familia formada por desconocidos, ahí las miradas son de complicidad y no de exclusión.
La soledad se vuelve una multitud que abraza, ahí no importa si bajas de un auto de alta gama o llegas a dedo.
Un hecho colectivo que iguala donde tu voz se escucha, tu corazón se alivia, los problemas se toman un recreo, alguien te comparte un vaso y te pregunta de dónde sos.
Y conocés gente y te dejás de sentir solo.
Y entre tantas personas podes comprender un afecto o varios. Y soñás que un día lo vas a vivir con tus hijos y llega el día y te fundís en un estrechón que no vas a olvidar jamás. Un amigo, o alguien que te abrace cuando el estribillo te desborda, un grupo de gente con las que hacés kilómetros y acumulás anécdotas.
Adentro el afecto y afuera el odio.
Y esos recitales se vuelven una necesidad, volvés porque entendiste que la felicidad no es un rígido reservado.
En un sistema que excluye y desprotege a los sectores vulnerables, que construye discursos efectivos que hacen que un sector de la comunidad aprueba el castigo y asuma que el hecho de nacer pobre no te da rígido a celebrar. Y adentro se arma el pogo y afuera el tabú.
Y prueban estrategias y buscan complices con micrófonos, dañan, atemorizan y aun con el poder de su borde no logran bajar las banderas de los que encontraron un punto y no lo piensan perder. Lo común molesta porque quienes se adueñan del sistema no lo puedo controlar. Porque se va quien te brindó un punto de pertenencia, identidad y afecto.
Por eso, la pérdida de un artista común cala hondo, desarma, desmorona.
Desde el 76 en La Plata, siguen apareciendo nuevas generaciones y es tan grande el aporte al rock argentino que todavía no nacieron todos los fanáticos.
Que hizo canciones que se volvieron momentos tatuados en el pecho. Porque no son sólo estribillos, estrofas y melodías: son historias con tus viejos, tus hermanos, tus amigos. Temas que traen de regreso a los seres que perdimos, frases que nos devuelven los besos que extrañamos, letras que curan heridas.
La muerte, en algunos casos, es un final engañoso.
No muere quien transformó tu historia, no muere quien le heredó su obra al pueblo.